Incendios “accidentales”: pa’ cojudos los bomberos, dice el dicho.

Hay que tener la existencia de un caído del palto, vivir en la luna de Paita, ser absolutamente más idiota que los gallegos de los legendarios chistes, para creerse que los incendios en dependencias públicas, donde el fuego arrasa documentos comprometedores, o allana el camino para el otorgamiento de un predio a terceros, a precio de siniestrado, son un “azar del destino”, un “deseo de la Providencia”, un mero accidente fortuito que achacarle a la mala suerte. Un viejo dicho reza, y sin ánimo de ofender a los hombres de rojo: “pa’ cojudos los bomberos”, que en buen romance significa que sólo ellos luchan contra las llamas, pero que los responsables son otros, a buen recaudo.

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Ya en el año 64 de nuestra era, el emperador romano Nerón le prendió fuego a la ciudad más importante del mundo en aquel entonces, mientras tocaba la lira, para poner una cortina de humo a los despilfarros de su corte mientras el populorum latino se moría de hambre, y encima le echó la culpa a los cristianos, la conveniente secta terrorista de esos días.

El reciente siniestro que le costó la vida a tres jóvenes bomberos, y que destruyó un almacén del MINSA donde había medicinas y documentos que podrían servir de pruebas para que la Contraloría o la Fiscalía inicien procesos a funcionarios del régimen pasado que podrían estar incursos en delitos, es una perla más, que se suma al que pocas semanas antes hiciera polvo más de 3 mil sillas de ruedas para discapacitados, guardadas en un local del Ministerio de la Mujer y poblaciones Vulnerables, pocos días antes de la exigua teletón.

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La historia de nuestro país está plagada de estos “accidentales” corto circuitos, y pese a que desde hace más de una década y media hay cámaras de seguridad, y las investigaciones sostienen que muchos siniestros tienen toda la pinta de haber sido provocados, nunca se ha encarcelado a nadie por usar esta secular herramienta para convertir en cenizas planillas doradas, documentos que prueban tiempos de servicios, años de jubilación, compras sobre o subvaluadas en los libros.

En el 2000, durante la Marcha de los 4 Suyos, se incendió el local del Banco de la Nación del centro de Lima. Si bien en este caso fueron vándalos los que arrojaron piedras, hubo al interior una explosión provocada, y el ex asesor presidencial Vladimiro Montesinos, fue sentenciado entre otras cosas, por este suceso. Hay, además,  en la historia de éste y otros bancos, infinidad de incendios. Los dantescos del Mercado Central y la zona conocida como Mesa Redonda, desde 1964 hasta el 2001 (y varios otros posteriores), son accidentales, si, pero existe una inobjetable negligencia de parte del Municipio de la ciudad y de Defensa Civil, pues las conexiones eléctricas son deplorables, y se venden pirotécnicos y luces navideñas sin control de calidad todos los fines de año.

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En el 2009, los almacenes de RANSA del Grupo Romero; y en el 2012, miles de textos escolares en un local del Ministerio de Educación, son otros casos. Por esas épocas, en Barranco, toda una manzana de pequeñas galerías comerciales en Barranco se hizo humo también, muy convenientemente, pues era el lugar perfecto para el estacionamiento de la cadena Metro, que había adquirido a espaldas de la comunidad, el antiguo mercado del balneario para una de sus tiendas, gracias a la “generosa” disposición del ex alcalde Martín del Pomar.

Se atribuye a Julio César el haber arrasado con fuego la Gran Biblioteca de Alejandría, y pese a que los libros de historia hablan de accidentes fortuitos en los casos de los grandes incendios de Londres, Chicago, el dirigible Hindenburg, la Torre de Windsor en Madrid, siempre hay lugar para la especulación. ¿No está probado que Hitler incendió el Reichstag, para quitarle el poder al soberano alemán de entonces y convertirse en un dictador expansionista que desencadenó una guerra mundial?

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Ya va siendo tiempo que los bomberos dejen de arriesgar sus vidas por nada, y que cumplan su labor en las condiciones más precarias. Y también que el Estado PREVENGA efectivamente los siniestros en sus instalaciones, y se castigue a los responsables. ¿No será conveniente restaurar la pena de muerte, bajo la modalidad de la silla eléctrica para hacer chicharrón de los pirómanos que pululan por ahí prestando sus servicios a malos funcionarios estatales?

 

 

 

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