El Drama de una Educación sin Calidad

El Perú y casi todos los países latinoamericanos ocupan los últimos lugares en el ranking elaborado por el Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA) de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Esto quiere decir (hay que explicarlo por obvias razones) que nuestros escolares tienen un tremendo atraso en temas como comprensión lectora y manejo de fórmulas matemáticas, en comparación con otras naciones, especialmente del Asia.
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Y como en el cuento antiguo del “Gran Bonetón”, ahora todos se echan la culpa. Los toledistas al fujimorismo y viceversa; los nacionalistas al APRA, y viceversa. Nadie quiere cargar con el descompuesto cadáver de la responsabilidad. Significaría admitir que en materia de educación, una de las principales banderas de todos los grupos políticos en las campañas electorales, simplemente no se hizo absolutamente nada más que remodelar algunos colegios y pagar mal sin capacitar a los maestros.

El informe, qué duda cabe, ha pisado muchos callos, y hay quienes lo leen minuciosamente para señalar que tampoco España y Francia han salido muy bien parados. Pero al margen de algunas orgullosas conciencias heridas, lo cierto es que estamos mal pues los niños no leen ni los boletos del microbús que los lleva a la escuela.

Entonces, ¿De quién es la culpa y qué se puede hacer para remediar esta trágica realidad? Obviamente es tarea del Estado brindar las mejores condiciones para que los estudiantes salgan de colegios y universidades preparados para enfrentar un mundo cada más cambiante, globalizado e informatizado. El asunto también pasa por tener maestros verdaderamente comprometidos con el desarrollo y no politizados al extremo.

Pero también depende de los padres el fomentar la lectura de sus hijos. Y, atención jóvenes, depende también, mucho, de ustedes mismos. Si no se involucran en su propia formación, de nada servirá el gasto de recursos. La tarea de mejorar el sistema no es sólo de quienes lo administran, sino también de aquellos a quienes va dirigido, por lo que es preciso oír su palabra.

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Tenemos un sistema educativo que aniquila en vez de promover las capacidades, fomentando una ridícula competencia por la calificación antes que por la efectiva capacitación. Se educa personas sin criterio, los currículos son honestamente obsoletos, y las competencias en que se inciden poco sirven para la vida actual.

Aún hay analfabetismo, deserción escolar, privilegio de algunos sobre otros para acceder a una educación de calidad, marginación y corrupción. Esa, la de dejar una ciudadanía mejor a las próximas generaciones, es una deuda más impagable que la que tenemos con los organismos financieros. No se puede perder más tiempo.

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