Encuestadoras en Campaña

No me fío de las encuestadoras. No les creo a pie juntillas. Sus resultados no son palabra de Dios. No se les puede tener confianza. Todas tienen su corazoncito o sus intereses.

Expresiones similares a éstas escucha uno en las calles cuando conversa con la gente. De cada 400 personas que conozco, hay quizás sólo una que alguna vez fue entrevistada por una encuestadora para conocer su intención de voto. El resto revisa los diarios de cada dos sábados o dos domingos para ir midiendo la situación, como si del rating de un programa de TV se tratara. Y aunque la desconfianza en estas empresas encargadas de medir el pulso del público está instalada, nadie escapa a su influjo, porque sus predicciones o esquemas resultantes de un no sabemos si improvisado o bien delineado trabajo de campo, son al final la guía básica de que se dispone antes de emitir un juicio sobre tal o cual candidato.

Claro que si estuvieran compradas, los informes alegremente publicados por los medios estarían amañados para favorecer a algunos o para perjudicar a otros. Los sesudos análisis de sus directivos, ampliamente mediáticos gracias a los programas dominicales, no valdrían ni un gramo de ética, porque se evidenciaría que las empresas encuestadoras no son sino, desde hace unos años, otra cosa que sólo una herramienta de marketing electoral factible de ser arrendada.

Yo no voy a declarar aquí  que los resultados que exhiben estén teñidos por el color de los billetes porque pruebas no tengo (como sí parecía que tenía Xavier Barrón en un promocionado audio que se convirtió en ancla y guadaña para su candidata hace poco), pero tampoco me creo sin dudas y murmuraciones ese cuento de que si los números de la última encuesta no coinciden con el resultado a boca de urna, es debido a que la gente expresa al salir del local de votación haber votado por A, cuando en realidad lo ha hecho por B.

Cuando estas empresas recogen, según afirman, el sentir del electorado en las calles en las semanas previas a una elección, se cuidan (han aprendido a hacerlo en virtud a sus monumentales patinadas) y dejan una puerta abierta para la sorpresa señalando que existe aún un fuerte sector de votantes que podría cambiar su decisión faltando horas para depositar su cédula en el ánfora y teñir uno de sus dedos con tinta indeleble y otro con tinta de tampón.

He analizado con detenimiento (no se puede escapar uno a ese influjo, digo líneas arriba)  las últimas, y me he confirmado en la opinión que las empresas encargadas de elaborarlas vienen siguiendo el mismo patrón de recientes procesos, que lo único que ha conseguido es desacreditarlas a los ojos del electorado pensante, pero que aún mantiene importante vigencia en el sector influenciable de la población, aquel que mira a alguien arriba y decide “votar a ganador”.

Ese patrón es bien simple: Durante la primera parte del proceso pre electoral todo está permitido, incluso “dirigir”  las preguntas para realzar más que las virtudes o propuestas de un candidato sus fallas, decisiones erróneas, traspiés coyunturales, o expresiones ridículas, con el fin de preparar el camino para su demolición si así fuera el caso, o su “repunte” en base a un proceso de reingeniería, si así fuera conveniente. Y conforme se acerca el día D, se pasa a una etapa de manipulación más sutil que algunos analistas, colegas de quien esto escribe,  han preferido llamar “sinceramiento de las cifras”, y que sólo es un eufemismo para hacer parecer legal lo que no es sino una burda trampa.

Según las recientes, saludadas con euforia por medios de comunicación afines a quien aparece primero en ellas,  dos de los partidos que han sido referentes de la vida política nacional desde la Asamblea Constituyente del 79 (El APRA y el PPC, ya que AP está en el mismo barco por ahora de los ungidos por la “aprobación ciudadana”) no pasarían la valla electoral. El primero por no contar con candidato presidencial debido a una pugna interna analizada hasta el hartazgo ya, y el segundo porque, tras perder los últimos comicios municipales, va en alianza ahora con diversos sectores que han buscado acomodo tras la figura de un candidato que puede ser carismático y preparado, pero que no tiene una apariencia y un apellido con el se pudiera identificar el grueso del electorado.

Yo no sé si acertarán esta vez, aunque me temo que si lo hacen no será con las mismas cifras que al final manejen, y lo peor es que de todos modos no importe. Lo que no me gusta, y por “mi propia encuesta” advierto que a muchos tampoco, es que estas empresas (porque al final eso son y no organizaciones sin fines de lucro o de servicio público) hayan entrado a buscar un insano figuretismo durante las campañas electorales, al punto que los medios otorguen cobertura no sólo a las propuestas de los candidatos, sino a los dimes y diretes entre IPSOS-APOYO con IMA o POP, a los pleitos entre DATUM e IMASEN, a las diferencias entre CPI e IDICE, o a la competencia entre el Instituto de Opinión Pública de la PUCP con su similar de la U. de Lima.

Los políticos han pasado a convertirse en “productos”, y los sondeos se parecen más a estudios de investigación para posicionar un shampoo o una toalla higiénica en el mercado, que a verdaderos instrumentos de medición de preferencias. Una encuestadora que se convierte en actor del proceso, en indicador persuasivo e interesado, debería ser descalificada de inmediato, moral y legalmente, porque de lo contrario viviríamos en una sociedad que avala el fraude sólo porque éste se viste con terno y corbata.

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